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Guerreras, transgresoras y espías: los retos a la economía del cuidado

Un recorrido por el papel silenciado de las mujeres en la independencia y una reflexión sobre cómo la economía del cuidado sigue siendo invisibilizada, ayer y hoy.

Cuando me invitaron a hacer una ponencia sobre las mujeres del bicentenario, me pareció una magnífica oportunidad para volver a nuestro pasado y comprender ¿por qué se invisibilizó el aporte de las mujeres en la emancipación de las colonias americanas del imperio español? Y parece que la clave está en la economía del cuidado. Al repasar la historia con las gafas de género puestas, la lectura se embellece y se conectan temas sobre la economía del cuidado, que están en el tuétano de la débil visibilización de las guerreras y las espías que se atrevieron a transgredir dos tipos de órdenes: i) el de la familia y su sumisión al hombre; ii) el del imperio español.

En esta transgresión al poder, muchas de ellas perdieron sus bienes y su vida para lograr la libertad. Al abrir el análisis del porqué quedaron invisibles sus aportes en el siglo XIX, en el centro se encuentra la economía del cuidado y la invisibilidad que sigue sin superarse en el siglo XXI. Se mantienen sin resolver la débil redistribución entre mujeres y hombres del trabajo doméstico y de cuidado de las personas, sin el cual la economía no podría sustentarse ni la vida de las personas. El cuidado, según la OIT, sucede de manera directa o indirecta. Sucede en las casas de todas las personas, donde se hacen cuidados directos como alimentar bebés, cuidar de las personas enfermas, mantener la salud de quienes están sanos, y de manera indirecta pagar facturas, ir a los colegios, lavar, planchar y muchas otras actividades cotidianas que no son remuneradas y siguen predominantemente en cabeza de las mujeres.

Hacia finales del siglo XVIII, las mujeres ilustradas mediante las tertulias generaban verdaderas redes de conocimiento y transmisión de las noticias de una Europa convulsionada por las ideas de liberación de las monarquías. Y de esta convulsión y movimientos telúricos no fueron ajenas las colonias en el Nuevo Mundo. Este malestar social se había visto intensificado por la segregación sobre la población criolla, los nacidos en las colonias e hijos de peninsulares españoles, originada por la disposición de las leyes borbónicas, trazadas para mediados del siglo XVII, leyes segregatorias que disponían que el poder político solo podía estar en manos de españoles nacidos en la península.

En 1810, un 20 de julio, los criollos de Santafé de Bogotá orquestaron una confrontación que tenía como protagonista a José González Llorente, español peninsular conocido por su patanería y animadversión contra los hijos de españoles nacidos en el Nuevo Mundo. Dada su posición tajante contra la participación de los criollos en instancias del poder colonial, se sabía de suyo que González Llorente se saldría de casillas ante la petición que Luis Rubio le haría de prestar un florero para una elegante cena que se ofrecería para recibir a Antonio Villavicencio, comisario real nacido en Quito. Su objetivo claramente se logró: el español que discriminaba a los criollos por su lugar de nacimiento entró en furia. Este episodio es conocido en la historia de Colombia como el “Florero de Llorente”, marcando un hito simbólico para evidenciar el malestar social que tenían mujeres y hombres criollos asentados en Santafé de Bogotá, por la subvaloración que sufrían de parte de los peninsulares y la falta de oportunidades de ser parte del poder. Con esta situación creada por el florero, verdaderamente buscaban generar una revuelta y con ello lograr que el Imperio Español aceptara que ellos pudieran dirigir una junta de gobierno en Santafé de Bogotá.

Durante cinco largos años, todas las regiones del Virreinato de la Nueva Granada se debatieron en luchas intestinas entre ellas para lograr, cada una, crear su propia junta de gobierno, así como combatieron contra la Corona Española por consolidarse como un gobierno federal. Este periodo de tiempo es conocido como la “Patria Boba”. Esta Patria Boba pudo suceder porque los franceses habían tomado el poder de la Corona española, la cual se restituyó nuevamente en 1816, cuando Fernando VII retoma el poder de los franceses y envía a Pablo Morillo a restaurar el control de la Corona española sobre el Virreinato de la Nueva Granada, estableciendo el régimen del terror.

Durante este periodo, las mujeres, que eran consideradas exclusivamente como madres, esposas e hijas bajo la sumisión de padres, esposos o hermanos, y aquellas que se consagraban a Dios bajo el dominio del clero, participaron activamente en los movimientos de liberación del Virreinato de la Nueva Granada como guerreras transgresoras de los límites impuestos a las mujeres para participar en los campos de batalla o como espías que transgredían el control en las ciudades para crear una red de espionaje, llevando información vital a los ejércitos patriotas, información que había logrado que los ejércitos españoles apostados en el Virreinato sufrieran grandes derrotas.

Con la retoma del poder a sangre y fuego, una de las acciones de Pablo Morillo para bajar la moral del ejército patriota fue tomar presas a las mujeres patriotas que estaban apoyando la causa emancipadora. Entre 1816 y 1817, Pablo Morillo restaura el virreinato, no sin antes fusilar a más de 60 mujeres en los patíbulos públicos donde fueron sacrificadas. Patíbulos que fueron instalados en las plazas de los pueblos de Boyacá, Cauca, los Santanderes y Bogotá vinculados con la causa emancipadora.

Sin embargo, para nuestras guerreras, transgresoras y espías no quedó un lugar en la fama de la gesta emancipadora, como mujeres que aportaron a la independencia, y todo indica que se debe a la invisibilización histórica de la carga del cuidado como soporte de la libertad.

Mujeres espías y transgresoras como Evangelina Díaz, que desde Zapatoca ayudaba pasando información a los ejércitos patriotas que luchaban en los Santanderes, o Policarpa Salavarrieta, que se escondía bajo la imagen de una costurera y que desde Bogotá enviaba información y armas a las huestes patriotas que luchaban en los llanos. Ambas fueron fusiladas por órdenes de Pablo Morillo.

Las Juanas, mujeres transgresoras que se unieron a la causa independentista como acompañantes de campamento. Estas aún más invisibles, ya que acompañaban los campamentos para ayudar a sanar a los heridos, hacer las comidas, surcir y remendar las ropas de los soldados, muchas de ellas esposas y compañeras de los hombres en batalla.

Mujeres financiadoras de la guerra, que transgredieron el orden, aportando bienes, dinero, joyas y caballos, como la nortesantandereana Mercedes Ábrego, que fue fusilada por haber confeccionado un fino traje para el Libertador Simón Bolívar; y Dorotea Castro, que fue fusilada en Palmira junto a su esclava Josefa por auxiliar con hombres, caballos y armas a los patriotas.

Y mujeres guerreras que fueron a la guerra ocultas en uniformes de hombre. Evangelista Tamayo, nacida en Tunja, quien transgredió la orden de no aceptar como militares a mujeres y, escondida bajo el uniforme militar, fue parte de los ejércitos patriotas y combatió al lado de Bolívar en la Batalla de Boyacá, donde murió en combate.

Volvamos al siglo XXI. Luego de dos siglos nos preguntamos: ¿cómo fue el trabajo y aporte de las mujeres del siglo XIX a la causa emancipadora? y ¿por qué quedó oculto? Mucho de ello se debe a que aún en nuestro siglo seguimos teniendo una profunda subvaloración por los trabajos de cuidado y domésticos.

De hecho, aún se duda, por muchos, si es un trabajo que impacta la economía formal o si solo se trata de tareas y actividades. Por ejemplo, aún hoy en día, un número importante de personas, cuando se les pregunta “¿a qué se dedica la mamá?”, responden en automático: “mi mamá nada, es ama de casa”.

En Colombia, según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del DANE, la carga total de trabajo, que se define como la suma del tiempo diario dedicado al trabajo comprendido en el Sistema de Cuentas Nacionales (SCN, trabajo remunerado), más el no comprendido en el SCN, trabajo no remunerado, encuentra que las mujeres al trabajo remunerado dedican 7 horas y 17 minutos y los hombres 9 horas y 5 minutos en el periodo 2012-2013; y para el 2016-2017, las mujeres dedican 7 horas y 35 minutos al trabajo remunerado y los hombres 9 horas y 14 minutos.

Y si observamos la carga de trabajo no remunerado, la renegociación no sucede. Entre 2012-2013, las mujeres dedican 5 horas y 51 minutos y en 2016-2017 se mantiene casi exacta en 5 horas y 50 minutos. Mientras que la participación de los hombres en los mismos periodos de tiempo se mueve unos pocos minutos de 1 hora y 51 minutos en 2012-2013 a 2 horas y 2 minutos en 2016-2017.

Como podemos observar, la carga del cuidado y doméstica, trabajo no remunerado, se mantiene en mayor grado y responsabilidad en manos de las mujeres, y los hombres no se integran del todo a ser parte activa de esta responsabilidad dentro de los hogares. Mucho del trabajo no remunerado, subvalorado e invisible, sigue oculto en nuestra economía y sigue viéndose como un trabajo que no aporta riqueza a la sociedad.

Por ello, nuestras guerreras y espías que transgredieron el orden y aportaron con su trabajo el cuidado de los heridos y enfermos, la estructuración de redes de espionaje gracias a la movilidad que tenían las mujeres en las ciudades y pueblos, la elaboración de ropa, la entrega de animales, joyas y bienes para sustentar la causa libertadora, la preparación de alimentos, entre otras actividades sin las cuales la causa libertadora difícilmente hubiera podido operar, quedaron invisibilizadas.

Ayer como hoy, seguimos desconociendo el aporte de la economía del cuidado a la economía general, que según cálculos del DANE se acerca a 19 puntos del Producto Interno Bruto en Colombia.

Un mercado laboral que desconozca los aportes de la economía del cuidado a la economía en general está desaprovechando el talento humano y desconociendo un trabajo sin el cual las economías, las empresas y las familias no podrían funcionar y, por sobre todo, una baja renegociación del trabajo no remunerado genera escaso vínculo de los hombres con sus familias y potencia el desempleo femenino.

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